No sé que me dió hoy, pero hace una hora cambié mi mouse de ubicación...
Lo cambié al lado izquierdo de mi teclado, y también le cambié el arreglo de los botones. O sea, estoy manejando el mouse como si fuera zurdo.
Ustedes dirán: ¿pero por qué carajos haces semejante cosa?
A lo que yo les diré: Simplemente quise ver qué se siente manejar un mouse de ésa manera.
Entre otras cosas que quiero aprender a hacer con la mano izquierda, es a lanzar objetos con dicha mano, escribir, recortar (¿recortar? o_O), y toda la gama de acciones cotidianas que ya sé hacer con la mano derecha (que es la mano con la que yo manejo las cosas siempre).
Será algo diferente. Lo más difícil, sin duda será aprender a escribir de nuevo... será como si estuviera en kinder, imagínense, han pasado ya 19 años desde que aprendí a escribir... u_u, qué tiempos aquéllos en los que podía no hacer nada después del kinder, ver telera, llorar cuando los ojaldras de mis primos más grandes me jugaban bromas (que probablemente luego les contaré).
¡Ah qué tiempos aquéllos!
En fín, ahi la ven.
P.D. Sigo sin fumar, (woot)
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abril 08, 2008
marzo 13, 2008
Señales
Tendido, en la acera, a 6 metros de donde estaba parado apenas hace unos segundos, su vida entera pasó ante sus ojos. Recordó aquella fría tarde de invierno, cuando supo, exactamente un año atrás, al erizársele los cabellos de la nuca, que le quedaba un año de vida.
Nunca supo cómo fue que ese pensamiento le llegó a la cabeza, simplemente lo sintió. Le pareció algo sobrenatural, como una advertencia implacable dirigida hacia su persona con la más explicita sutileza.
Trató de no hacerle caso a su inconsciente, a su sexto sentido. Pero no pudo.
Vivió ese año como no había vivido en toda su vida, visitó lugares que jamás habría de imaginar que existieran, conoció personas que se quedarían en su memoria, por el resto de la poca vida que le quedaba.
Le dijo cuánto la amaba pocos días después de que lo supo, ella se quedó estupefacta, se quedó totalmente petrificada, no por el mensaje, o porque finalmente lo que ella tanto había anhelado se había vuelto realidad, sino por la mirada que tenía al momento de decírselo, aquella mirada que cargan los hombres que saben que el fín se acerca. Sin embargo, no pudo descifrar con certeza el mensaje que sus ojos (los de él) externaban.
Enmendó antiguos pleitos, recuperó antiguas amistades, incluso se reencontró con familiares perdidos en las enmarañadas telas de la incertidumbre.
Todo un año tardó en poner su vida en orden, en trabajar como nunca lo había hecho para ser mejor.
Nadie sabía lo que había sido dicho sin palabras a él. Sólo él, abstraído en sus pensamientos, de cuando en cuando se divagaba acerca de todas las cosas que había hecho. Y las que no. Y se lamentó, al escudriñar su pasado, al hacer su inventario de cosas perdidas.
Aquél fatídico día, su cumpleaños, se despertó con un sobresalto y con una sensación que le oprimía el pecho. Sin embargo, notó que estaba tranquilo, mucho más tranquilo de lo que se había sentido en mucho tiempo.
Tomó un largo baño, "reconfortante" fue la primer palabra que le vino a la mente, pasados dos minutos dentro de la ducha. Realmente disfrutó esa ducha, la última que -sin saberlo- tendría.
Desayunó un plato de cereal, una taza de café, y un par de huevos fritos.
Se despidió de su madre y su padre, les regaló una sonrisa que los sorprendió, pues él rara vez sonreía, y que sin embargo, los llenó de una súbita alegría. Le besó a su hermana en la frente, otro gesto que, después de una pequeña reflexión, dio cuenta que nunca había hecho- y se dispuso a recorrer su acostumbrado camino hacia el trabajo.
En el transcurso a su trabajo, fijó su atención en muchas cosas que nunca había notado hasta ese día, lo alto de los edificios, la manera tan peculiar con la que el vendedor de diarios los anunciaba en la esquina de su casa, el mensaje del anuncio espectacular acerca de un conocido refresco que estaba instalado en el techo del edificio frente a su trabajo. Nada de esto le pareció extraño.
Su trabajo transcurrió como todos los días. Sincronizando equipos en distintos estados del país, atendiendo clientes, manteniendo a raya a los clientes insatisfechos y llegando a acuerdos. Un día tan ajetreado como los demás.
La hora de la comida llegó, el platillo que ordenó -y que varias veces había ordenado con anterioridad- le pareció inusualmente delicioso, incluso preguntó si habían hecho algo diferente ese día, obteniendo una respuesta negativa.
Caminó en el parque que estaba a dos calles hacia el este, para dejar reposar la comida. Le pareció ver más colores de lo acostumbrado, vendedores de globos, payasos, merolicos, niños corriendo y jugando en los columpios.
Le pareció buena idea comprar un helado al vendedor de la acera, que estaba camino hacia su trabajo, pagó con el cambio exacto. Le pareció raro que del pago de la comida le hubiera quedado el dinero exacto para el helado que había decidido comprar 20 minutos después.
No cruzó a media calle como tenía acostumbrado, caminó hacia el paso de cebra en la esquina, y esperó a que el semáforo se pusiera en rojo para poder caminar. Mientras esta espera se llevaba a cabo, al otro lado de la calle, vio lo que le pareció la chica más hermosa del mundo, quien cruzaría en dirección opuesta a la suya. Sus miradas se cruzaron. Ella le sonrió, mientras el semáforo cambiaba de color y ambos empezaban a caminar.
Lo siguiente, el caos. No sintió nada, todo pasó a una velocidad tan estrepitosa que nadie tuvo tiempo de reaccionar.
Fue aventado por un carro que salió de la nada, que al parecer tenía mucha prisa, ya que ni siquiera después de haberle arrollado se detuvo. Nadie apuntó las placas, ni nadie fue en su persecución. Todos quedaron estupefactos al ver al joven, a seis metros de la 3er línea amarilla del camino de cebra, yacía él, con un pulmón perforado por dos costillas rotas.
No tuvo tiempo de decir adiós a nadie, nunca se casó, no tuvo hijos, y mientras la voz de la chica sonriente, ahora mirándolo con angustia y desesperación infinitas, reverberaba en lo más recóndito de su cerebro. Y así, mientras una lágrima recorría cada una de sus sienes, y su mirada se perdía en el cielo nublado, dedicó un último pensamiento a su familia, a sus amigos, a su novia, y a sí mismo.
Nunca supo cómo fue que ese pensamiento le llegó a la cabeza, simplemente lo sintió. Le pareció algo sobrenatural, como una advertencia implacable dirigida hacia su persona con la más explicita sutileza.
Trató de no hacerle caso a su inconsciente, a su sexto sentido. Pero no pudo.
Vivió ese año como no había vivido en toda su vida, visitó lugares que jamás habría de imaginar que existieran, conoció personas que se quedarían en su memoria, por el resto de la poca vida que le quedaba.
Le dijo cuánto la amaba pocos días después de que lo supo, ella se quedó estupefacta, se quedó totalmente petrificada, no por el mensaje, o porque finalmente lo que ella tanto había anhelado se había vuelto realidad, sino por la mirada que tenía al momento de decírselo, aquella mirada que cargan los hombres que saben que el fín se acerca. Sin embargo, no pudo descifrar con certeza el mensaje que sus ojos (los de él) externaban.
Enmendó antiguos pleitos, recuperó antiguas amistades, incluso se reencontró con familiares perdidos en las enmarañadas telas de la incertidumbre.
Todo un año tardó en poner su vida en orden, en trabajar como nunca lo había hecho para ser mejor.
Nadie sabía lo que había sido dicho sin palabras a él. Sólo él, abstraído en sus pensamientos, de cuando en cuando se divagaba acerca de todas las cosas que había hecho. Y las que no. Y se lamentó, al escudriñar su pasado, al hacer su inventario de cosas perdidas.
Aquél fatídico día, su cumpleaños, se despertó con un sobresalto y con una sensación que le oprimía el pecho. Sin embargo, notó que estaba tranquilo, mucho más tranquilo de lo que se había sentido en mucho tiempo.
Tomó un largo baño, "reconfortante" fue la primer palabra que le vino a la mente, pasados dos minutos dentro de la ducha. Realmente disfrutó esa ducha, la última que -sin saberlo- tendría.
Desayunó un plato de cereal, una taza de café, y un par de huevos fritos.
Se despidió de su madre y su padre, les regaló una sonrisa que los sorprendió, pues él rara vez sonreía, y que sin embargo, los llenó de una súbita alegría. Le besó a su hermana en la frente, otro gesto que, después de una pequeña reflexión, dio cuenta que nunca había hecho- y se dispuso a recorrer su acostumbrado camino hacia el trabajo.
En el transcurso a su trabajo, fijó su atención en muchas cosas que nunca había notado hasta ese día, lo alto de los edificios, la manera tan peculiar con la que el vendedor de diarios los anunciaba en la esquina de su casa, el mensaje del anuncio espectacular acerca de un conocido refresco que estaba instalado en el techo del edificio frente a su trabajo. Nada de esto le pareció extraño.
Su trabajo transcurrió como todos los días. Sincronizando equipos en distintos estados del país, atendiendo clientes, manteniendo a raya a los clientes insatisfechos y llegando a acuerdos. Un día tan ajetreado como los demás.
La hora de la comida llegó, el platillo que ordenó -y que varias veces había ordenado con anterioridad- le pareció inusualmente delicioso, incluso preguntó si habían hecho algo diferente ese día, obteniendo una respuesta negativa.
Caminó en el parque que estaba a dos calles hacia el este, para dejar reposar la comida. Le pareció ver más colores de lo acostumbrado, vendedores de globos, payasos, merolicos, niños corriendo y jugando en los columpios.
Le pareció buena idea comprar un helado al vendedor de la acera, que estaba camino hacia su trabajo, pagó con el cambio exacto. Le pareció raro que del pago de la comida le hubiera quedado el dinero exacto para el helado que había decidido comprar 20 minutos después.
No cruzó a media calle como tenía acostumbrado, caminó hacia el paso de cebra en la esquina, y esperó a que el semáforo se pusiera en rojo para poder caminar. Mientras esta espera se llevaba a cabo, al otro lado de la calle, vio lo que le pareció la chica más hermosa del mundo, quien cruzaría en dirección opuesta a la suya. Sus miradas se cruzaron. Ella le sonrió, mientras el semáforo cambiaba de color y ambos empezaban a caminar.
Lo siguiente, el caos. No sintió nada, todo pasó a una velocidad tan estrepitosa que nadie tuvo tiempo de reaccionar.
Fue aventado por un carro que salió de la nada, que al parecer tenía mucha prisa, ya que ni siquiera después de haberle arrollado se detuvo. Nadie apuntó las placas, ni nadie fue en su persecución. Todos quedaron estupefactos al ver al joven, a seis metros de la 3er línea amarilla del camino de cebra, yacía él, con un pulmón perforado por dos costillas rotas.
No tuvo tiempo de decir adiós a nadie, nunca se casó, no tuvo hijos, y mientras la voz de la chica sonriente, ahora mirándolo con angustia y desesperación infinitas, reverberaba en lo más recóndito de su cerebro. Y así, mientras una lágrima recorría cada una de sus sienes, y su mirada se perdía en el cielo nublado, dedicó un último pensamiento a su familia, a sus amigos, a su novia, y a sí mismo.
marzo 10, 2008
Cuidado
Ayer hice una pendejada; sí, una de las muchas a las que estoy acostumbrado a hacer...
Verán, llegamos de jugar contra los Delfines de mi Mami -contra los cuales perdimos 1-2 -, y yo recordé que hacían falta varias cosas en el depa, entre las cuales estaban el suavizante de tela y el cloro/blanqueador; los compramos y procedimos a regresar al depa.
Hasta aquí, todo bien. Varias horas más tarde, cuando estaba haciendo nosequé cosas en mi computadora (léase por nosequé cosas a chatear, ver vídeos en el Youtube, posteando, bajando música, etc. Cualquiera de éstas actividades), me di cuenta que la bolsa con el logotipo de la cadena esa llamada OxXo -que quiere dominar el mundo de las franquicias y desplazar a McDonald's-, cuyo contenido adquirido previamente en dicha tienda horas atrás, seguía en el sillón todo cómodo que tengo en la sala/comedor de mi depa -que es de ustedes también-.
Bien, yo todo campante, procedí a guardar las cosas donde se debe -un lugar para cada cosa, y cada cosa en su lugar-. Cuando agarré la botella del Cloro, me di cuenta que se estaba saliendo, entonces con sumo cuidado la llevé hacia donde se queda guardada, lo mismo el suavizante, y el jabón para lavar ropa.
Seguí con mis actividades cuasi nérdicas, y llegó la hora de hacer la meme. Proseguí a lavarme los dientes como hago todos los días, y así como sugieren los dentistas de todo el mundo a los que todos les hacemos caso, ¿qué no? Miro en el espejo, y ¡¡Si serás pendejo!! Mi camiseta verde oscuro tenía unas manchotas amarillentas rojinaranjas -lugares en donde no sé cómo carajos fueron a caer gotas del bendito, pero maldito al mismo tiempo, cloro-.
Joder, que me encabrité sobremanera, pero no hice nada, sólo dije, ¡ni modo, eso te pasa por no fijarte!
Y me fuí a dormir.
Así es que ahora, lo de hoy, lo in es tener las camisetas con manchas de cloro.
Verán, llegamos de jugar contra los Delfines de mi Mami -contra los cuales perdimos 1-2 -, y yo recordé que hacían falta varias cosas en el depa, entre las cuales estaban el suavizante de tela y el cloro/blanqueador; los compramos y procedimos a regresar al depa.
Hasta aquí, todo bien. Varias horas más tarde, cuando estaba haciendo nosequé cosas en mi computadora (léase por nosequé cosas a chatear, ver vídeos en el Youtube, posteando, bajando música, etc. Cualquiera de éstas actividades), me di cuenta que la bolsa con el logotipo de la cadena esa llamada OxXo -que quiere dominar el mundo de las franquicias y desplazar a McDonald's-, cuyo contenido adquirido previamente en dicha tienda horas atrás, seguía en el sillón todo cómodo que tengo en la sala/comedor de mi depa -que es de ustedes también-.
Bien, yo todo campante, procedí a guardar las cosas donde se debe -un lugar para cada cosa, y cada cosa en su lugar-. Cuando agarré la botella del Cloro, me di cuenta que se estaba saliendo, entonces con sumo cuidado la llevé hacia donde se queda guardada, lo mismo el suavizante, y el jabón para lavar ropa.
Seguí con mis actividades cuasi nérdicas, y llegó la hora de hacer la meme. Proseguí a lavarme los dientes como hago todos los días, y así como sugieren los dentistas de todo el mundo a los que todos les hacemos caso, ¿qué no? Miro en el espejo, y ¡¡Si serás pendejo!! Mi camiseta verde oscuro tenía unas manchotas amarillentas rojinaranjas -lugares en donde no sé cómo carajos fueron a caer gotas del bendito, pero maldito al mismo tiempo, cloro-.
Joder, que me encabrité sobremanera, pero no hice nada, sólo dije, ¡ni modo, eso te pasa por no fijarte!
Y me fuí a dormir.
Así es que ahora, lo de hoy, lo in es tener las camisetas con manchas de cloro.
febrero 16, 2008
Todo o nada
Cuando hubo terminado su discurso, y hubo terminado de decir esas palabras, las últimas que articularía dirigidas a ella, sintió cómo un gran peso -invisible para los demás- había sido descargado de su espalda; palabras que cayeron como una bomba en ella, revelándole tantas y tantas cosas que ella ignoraba acerca de él.
El amor te vuelve ciego, muchos rezan. Lo que no saben es hasta qué punto; habiéndole confesado sus sentimientos, él, habiendo enseñado sus cartas y, habiendo apostado todo por el todo, finalmente dejó el juego en manos de ella.
Ella no supo qué decir en un principio, pero le quedó claro algo, sufriría demasiado, talvez más que lo que de por sí él ya había sufrido, si tomaba una decisión apresurada; "Todo o nada" había dicho él, "Ser tu amigo ya no me basta" fueron sus palabras. ¿O es que ella escuchó mal?, ¿Es que él está gastándole una broma de muy mal gusto?
La invadió un terror súbito al pensar que lo perdería a él, la única persona que había estado junto a ella durante todo lo que ella había pasado. La única persona en quien ella pudo depositar su confianza a través de tanto tiempo. Y ahora, está al borde de perderlo.
Ella es masoquista, o al menos eso es lo que él ha pensado durante mucho tiempo, alguien con una necesidad de atención, y un miedo al abandono tan grandes, que a pesar de ser golpeada, maltrada psicológicamente, cambiada por los amigos, y demás ocurrencias que al típico patán se le podría ocurrir para hacer sufrir a una mujer, siempre regresaba, jurando amor, jurando fidelidad -aun sin recibirla-, disculpándose, rogando...
Pero él, harto de esta situación, se dispuso a remediarla, o al menos a tratar. "Todo o nada" fueron sus palabras, precesidas por la oferta de estar siempre a su lado, amarla, respetarla, defenderla, exhortarla a ser mejor, jamás abandonarla. Todo esto a cambio de qué, de que ella empiece a quererse, de ver que merece algo mejor que ojos negros, moretones en todo el cuerpo, labios partidos, humillaciones. De verlo como lo que él es, lo que ella realmente merece.
Ella piensa, llora mientras lo hace, se desploma al sentir que sus piernas flaquean más de lo que ella puede soportar mientras él la sostiene para que sus rodillas no se impacten contra el suelo.
Ella lo miró a los ojos por un momento que se le antojó eterno; esos ojos que tantas veces la observaron con una mirada que ella nunca pudo descifrar -¿o talvez nunca trató?. Esos ojos que en esos momentos, decían mucho más de lo que las palabras que salieron por su boca podrían haber dicho jamás. Y entonces ella comprendió, y tomó su decisión.
Él leyó su decision en los ojos de ella, aún antes de que las lágrimas empezaran a bajar por las mejillas, dejando rastros oscuros de rímel por donde pasaban. Para él no hicieron falta las palabras, ni las explicaciones, la conocía mejor de lo que se conocía a sí mismo. Apretó sus manos firme, pero gentilmente, le dió un beso en la mejilla, dió media vuelta, y echó a andar.
Ella quedó de pie, mirándo cómo él se alejaba, caminando a pasos largos, como siempre lo había hecho. Esta vez, él no volteó, ésta vez él no ondeó la mano, esta vez él no regresó.
El amor te vuelve ciego, muchos rezan. Lo que no saben es hasta qué punto; habiéndole confesado sus sentimientos, él, habiendo enseñado sus cartas y, habiendo apostado todo por el todo, finalmente dejó el juego en manos de ella.
Ella no supo qué decir en un principio, pero le quedó claro algo, sufriría demasiado, talvez más que lo que de por sí él ya había sufrido, si tomaba una decisión apresurada; "Todo o nada" había dicho él, "Ser tu amigo ya no me basta" fueron sus palabras. ¿O es que ella escuchó mal?, ¿Es que él está gastándole una broma de muy mal gusto?
La invadió un terror súbito al pensar que lo perdería a él, la única persona que había estado junto a ella durante todo lo que ella había pasado. La única persona en quien ella pudo depositar su confianza a través de tanto tiempo. Y ahora, está al borde de perderlo.
Ella es masoquista, o al menos eso es lo que él ha pensado durante mucho tiempo, alguien con una necesidad de atención, y un miedo al abandono tan grandes, que a pesar de ser golpeada, maltrada psicológicamente, cambiada por los amigos, y demás ocurrencias que al típico patán se le podría ocurrir para hacer sufrir a una mujer, siempre regresaba, jurando amor, jurando fidelidad -aun sin recibirla-, disculpándose, rogando...
Pero él, harto de esta situación, se dispuso a remediarla, o al menos a tratar. "Todo o nada" fueron sus palabras, precesidas por la oferta de estar siempre a su lado, amarla, respetarla, defenderla, exhortarla a ser mejor, jamás abandonarla. Todo esto a cambio de qué, de que ella empiece a quererse, de ver que merece algo mejor que ojos negros, moretones en todo el cuerpo, labios partidos, humillaciones. De verlo como lo que él es, lo que ella realmente merece.
Ella piensa, llora mientras lo hace, se desploma al sentir que sus piernas flaquean más de lo que ella puede soportar mientras él la sostiene para que sus rodillas no se impacten contra el suelo.
Ella lo miró a los ojos por un momento que se le antojó eterno; esos ojos que tantas veces la observaron con una mirada que ella nunca pudo descifrar -¿o talvez nunca trató?. Esos ojos que en esos momentos, decían mucho más de lo que las palabras que salieron por su boca podrían haber dicho jamás. Y entonces ella comprendió, y tomó su decisión.
Él leyó su decision en los ojos de ella, aún antes de que las lágrimas empezaran a bajar por las mejillas, dejando rastros oscuros de rímel por donde pasaban. Para él no hicieron falta las palabras, ni las explicaciones, la conocía mejor de lo que se conocía a sí mismo. Apretó sus manos firme, pero gentilmente, le dió un beso en la mejilla, dió media vuelta, y echó a andar.
Ella quedó de pie, mirándo cómo él se alejaba, caminando a pasos largos, como siempre lo había hecho. Esta vez, él no volteó, ésta vez él no ondeó la mano, esta vez él no regresó.
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