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febrero 28, 2008

Laméntome

Yo no sé por qué las personas se aferran tanto a una cosa, cuando saben que ya no hay vuelta atrás, digo, si ya sabes que no es no, ¿por qué sigues allí?

Digo, está bien estar así por un rato, llámenle el período de luto, o como sus pequeñas y retorcidas cabezas quieran, pero creo que eso es algo malo.

Más cuando hay tantas cosas -o personas- en este planeta que pueden ser mil veces mejor, pero, ahh, no, preferimos estar allí, aferrados como sanguijuelas a una quimera, a un cuento de hadas que muy probablemente nosotros mismos inventamos en primera instancia.

Aprender a dimitir, es la frase de hoy, aprender que por mucho que uno se esfuerce, que le ponga empeño a algo -o a alguien-, que por más que uno quiera tener eso, las cosas no siempre serán como nosotros queramos, hay muchísimas variables en la vida diaria, tantísimas cosas que nosotros no controlamos, y por las cuales no debemos culparnos cuando algo no sale como nosotros queremos, sino simplemente aceptarlas, porque así es la vida.

Y con respecto a las decisiones que tomamos, tampoco arrepentirnos si desencadenaron eso, digo, si se puede remediar, pues qué mejor, a tratar; pero si no, si ya las consecuencias son irrevocables, pues ni modo, a seguir adelante, no nos quedaremos estancados por siempre en esos lugares.

Imagínense, quien quita, y mientras estamos así, lamentándonos por haber perdido a un ser amado, por haber perdido un trabajo muy padre, o algo similar, y mientras estamos allí, azotándonos las cabezas contra la banqueta, llega alguien que quiere ayudarnos a salir, o nos llega una excelente oferta de trabajo, y por vivir en el pasado la dejamos pasar... Eso sí que sería para lamentarse.

Pero bueno, yo no pretendo ni voy a cambiar el mundo, sólo puedo decir estas pocas, incoherentes, -e inútiles, si así ustedes lo creen- palabras.

Arre Lulú.

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